lunes, 5 de julio de 2010

Verea de la Estrella

Ya que la estuvimos pateando el fin de semana del veinte de junio, os paso información:

- El refugio de la Cucaracha está bastante bien. En general está limpio y hay restos de leña, aceite y sal por la zona de la parrilla. Las literillas de madera están en buen estado en la zona grande, algo más sombrías en la habitación pequeña.
- El refugio del Aceral sirve para una emergencia (Cucaracha llena), pero hay que dormir en el duro suelo o en los bancos, si no ha llegado nadie antes.
- Cruzar los ríos es una aventurilla. Es casi imposible sin quitarse las botas y, a tenor del caudal con que bajan, más vale echar los bastones para equilibrar.
- Madrugad, que a la una de la tarde pega un sol criminal, incluso en las zonas que supuestamente son de sombra.

miércoles, 16 de junio de 2010

Se equivocó la paloma ...

Pues sí, se equivocaba. Pensaba que era imposible subir el Puerto de las Palomas en menos de una hora desde casa y resulta que no. Hay que joderse. Qué vida esta, siempre hay algo nuevo que aprender.

miércoles, 2 de junio de 2010

El fallido track del águila


No puedo cargar el track, pero valgan la imagen y el resumen: 7 horas y 4 minutos, 15'606 kilómetros y 1252 metros de desnivel acumulado (casi peores los correspondientes cuesta abajo, con el calor). ¿Alguien se apunta a repetir?

martes, 1 de junio de 2010

El águila de Quesada

O cómo achicharrarse las piernas.

Comenzamos la épica jornada a las 9 de la mañana, para hacer más leve la parte jodía, id est, el ascenso al Rayal. Tras conseguir perder el camino habitual sin darnos cuenta (total, tampoco hay camino), llegamos a la cima tras una hora y treinta y cinco minutos de intensos sudores y maldiciones al pedregal. Acosados por una legión de abejas e insectos afines, emprendimos el descenso hacia el collado en el que comienza el Picón del Guante sin pararnos.

Tras un breve destrepe por las paredillas sureste del Rayal, llegamos a un prado al borde del tajo norte donde repusimos fuerzas con una rica manzana. El paso por el bosquecillo cercano al collado fue mejor que en otras ocasiones, gracias a la feliz idea de seguir las trazas de los herbívoros (o sea, las vereas de los bichos).

La parte más dura de la excursión es la subida hasta el Picón del Guante por la arista, pues al desnivel y el sol achicharrante se une el vértigo que produce caminar con apoyos precarios para los castigados pies junto a un tajo inquietante. Varias cabras y trepadillas más arriba, el premio de la cumbre nos hizo sonreír, a pesar de que la vista no era tan espectacular como otros días: la calima ya nublaba la visión. El descenso siguiendo en lo posible la arista en dirección noreste es el mejor que he probado.

La última subida hasta el Aguilón del Loco (Villalta en los mapas) es la puntilla para las plantas de los pies, aunque un ratillo de conversación con los cabreros siempre viene bien. Desde la cumbre, la tercera del día y la tercera llena de moscones, abejas y avispas, sólo quedaba un descenso demencial a través del bosque de pinos, con algún que otro resto de vegetación salvada de las quemas pretéritas para dar algo de variedad al día. Bello par de quejigos, ciertamente.

Bujea abajo, las plantas de los pies acaban de fallecer por las crueles pendientes, pues el calor aprieta y la pista se empina. De no ser por los renacuajos y las algas, quizá hubiésemos acabado sumergidos en las aguas del pilón donde beben las ovejas.

Resumiendo: siete horas de piedra y pendiente, paisaje impresionante, un sol de justicia y más de 1200 metros de desnivel acumulado. En próximos días, si aprendo, subiré el track.

jueves, 20 de mayo de 2010

Picón del Halcón

Recordando aquellos felices días de la excursión apsurda, emprendimos la marcha desde el Puente de las Herrerías, no sin envidia de la parejilla que andaba pensando si bañarse o no. Dado que no se oyeron feroces alaridos, es de suponer que, finalmente, no entraron en el agua.
Por un remozado carril, transitamos junto al Arroyo de los Habares hasta el segundo cruce, con la silueta imponente del Picón del Halcón (destino principal del pateo) a la derecha. En verdad, parece imposible que vayas a ser capaz de trepar hasta allá cuando lo ves desde abajo. ¡Qué volaos! Las cuestecillas por las que transita la saca de madera por la que prosigue la excursión siguen siendo tan bellas y acogedoras como siempre. Al menos, da alegría ver que todavía no te toca morir de infarto o reventón cardiaco. El jodío sol en el cogote tampoco ayuda demasiado y, cuando finalmente alcanzas la pista, una alegría inconmensurable te llena de gozo.
Y llega la primera sorpresa del día: la Junta de Andalucía, fiel y celosa guardiana de la integridad del parque natural, adalid que lucha contra el turismo invasor sin piedad (como ya hemos comprobado en Arroyo Frío, por ejemplo), ha colocado una señal que prohíbe transitar por el Arroyo de los Tornillos de Gualay. Hay que tocarse los cojones, vamos. Así pues, no bajamos junto al arroyo, no pasamos de piedra en piedra, no transitamos por el lecho de grava, no bebimos en la Fuente del Borbotón ni nos quitamos los zapatos para probar el agua helada y llegar a la Cerrada del Pintor.
Tras no hacer todo eso, agarramos una canal llena de espartos y otras plantas pinchapiernas para subir al Picón del Halcón. Y, vencidos por el cansancio, segunda sorpresa del día: una garrapata subiendo por la pierna. Afortunadamente, aún andaba.
La continuación de la ruta, como ya sabíamos, es una pequeña tortura: media hora de trepadas y destrepes por lanchas de piedra con agarres precarios, malas caídas y sabinas muy desarrolladas arañando el cuerpo. Sin embargo, un poco de intuición montañera nos permitió encontrar y marcar en el GPS el punto exacto por el que se sale del atolladero, un desfiladero estrecho que conduce al primer (y no presente en el mapa) Collado del Halcón. Desde ahí hasta el coche, un apacible paseo destrozarrodillas, con la sonrisa en los labios por haber conseguido encontrar el paso oculto una vez más.

miércoles, 21 de abril de 2010

El Chorro

Después de subir en bici al Chorro, superando los repechos criminales que conducen a La Iruela y, desde allí, a los merenderos de Cazorla, ¿qué le queda a uno por hacer en la vida? Pues está más claro que el agua: ¡subir por el otro lado!

Con ánimo feriante y la panza vacía, emprendimos la marcha desde la Plaza Vieja y la primera, en la frente: cuestón para llegar hasta los llanos y seguir la ladera que el excelentísimo ayuntamiento ha bautizado como "ruta saludable", eufemismo para sustituir a la denominación popular, "ruta del colesterol". Carretera de Quesada y manta, las subidillas y bajadillas se suceden hasta que, superado el cuestón que baja a Bruñel y un repechillo, agarras el desvío que conduce al Chorro. 9 kilómetros, miente el cartel.

Con la alegre compañía de los agricultores que envenenan sus campos impunemente (cumpliendo los requerimientos legales, eso sí: pa mover la economía no hay límites) afrontamos la viradísima carretera con los cuádriceps aún quejosos por la paliza de subir y bajar el Rayal de anteayer. Nueve kilómetros de asfalto, pocos repechos jodíos, pero el ánimo va decayendo. Esperamos al furgón de cola en el cruce de Montesión y, tras un breve concilio, decidimos (desgraciadamente) continuar el ascenso por el pedregal llamado pista hasta el Chorro. Unos cuantos cambios de piñón y plato más adelante, con salida de la cadena incluida, logramos alcanzar los amados bancos que hay frente a la casa forestal abandonada sin haber echado el pie a tierra.

El descenso hasta el punto de partida, bien conocido ya por haberlo transitado otras veces, sigue siendo de esas experiencias que justifican montar en bici y dejarse los isquiotibiales y los trapecios echos una desgracia: una pista ancha y virada, con bastante desnivel, que pone a prueba el tino para frenar a tiempo y no comerse las curvas y todo lo que venga, sea ciclista en agonía, todotearruino o jabalí, que haberlos, haylos.

viernes, 9 de abril de 2010

Exploranding

¡No va a ser todo sufrir! Después de un frustrado intento dominguero de seguir la senda de pescadores del Guadalentín (demasiada agua y demasiado fría), el pasado miércoles emprendimos la heroica conquista de una cumbre jamás hollada por el pie humano: el pico sin nombre que da al valle del Guadalquivir. Tras una subida por la senda serpenteante que recorre el valle por encima de Fuente Rechita hacia el Puerto de los Arenales y más allá, abandonamos el camino y, tras un duro ascenso de tres o cuatro minutos, alcanzamos la ansiada cumbre, que aún no ha sido bautizada. Las amplias vistas del valle justificaban sobradamente el titánico esfuerzo que hubimos de realizar.
Para reponernos de tal esfuerzo, bajamos al cercano Parador de Cazorla, donde ingerimos líquidos que devolvieran nuestros niveles de electrolitos y demás porquerías que circulan por el organismo a su justo punto. No contentos con haber realizado la conquista del día, emprendimos la subida hacia el Puerto del Tejo por el cortafuegos, en lugar de utilizar el camino. La severa rectitud del trazado, junto a la ingestión de la cervecilla previa, hicieron de la media horilla una pequeña tortura etílica: probad, probad un tercio en ayunas y una buena cuestecilla que salve doscientos metros de desnivel en poco recorrido.
Y con un descenso memorable por la cuesta romperrodillas (odiosa Z desde Prado Redondo hasta La Iruela incluida), volvimos a casa con la satisfacción impagable de haber conquistado para la humanidad nuevos territorios.